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09/03/2008 KIOSKO EUROVISIVO - www.abc.es

Rodolfo Chikilicuatre, a Eurovisión

POR ROSA BELMONTE

Eurovisión es territorio comanche. Un festival que se perdió mucho antes de que la cosa se balcanizara y el corazón sustituyera cursimente a la uve. TVE, para enganchar al personal, se ha inclinado por ser moderna, cosa que Eurovisión no ha sido desde Sandie Shaw. Un poco de «maieshpai» (que diría Rosa de España), un poco de la gran Raffaella Carrá (que viene de un país que mandó a Eurovisión a tomar viento hace tiempo) y un poco de «Muchachada nuí», con sus chicos huyendo de Uribarri (cuando los pilló, los mandó a La 2). También los divertidos The Chanclettes («Tú no eres Heidi, tu nombre de pila es... María Teresa Campos»). Modernos. Sí. Sobre todo esos (muchos) que dijeron las palabras viejunas: saludo a mi pueblo.

Con voz en directo y música enlatada (como todos), y con público de pie al igual que en el Festival, empezó Bizarre (nada bizarros). Continuó Innata («la Juana de Arco del hip hop electrónico», según ella), una chica vestida como de Wonder Woman que introducía en su marchosa canción palabrillas en inglés («dance with me en el paraíso»). Luego Arkaitz, un vasco peinado a petardos cuya canción se titulaba «Un olé». Entre copla y copla, Raffaela Carrá (la más piropeada de la noche) hablaba con el que acababa de actuar y preguntaba al saloncito, donde se encontraban Uribarri (velando por las esencias del festival y llamando a la responsabilidad de los votantes), Bibiana Fernández (la Carrá le llega a la altura de las axilas), Boris Izaguirre, que se había arrodillado ante la italiana (como Daniel Day Lewis ante Helen Mirren en los Oscar), y Rosa de España, que tanto sabe de entusiasmos eurovisivos estrellados en la indiferencia de esa Europa nueva que vota a sus vecinos.

Ellas, nombre de un dúo, eran la reencarnación de las Baccara. «¿Quién os ha hecho la coreografía», les preguntó la Carrá. «Nosotras». No, Bob Fosse, si te parece. Después llegaría Lorena C («hacemos pop electrónico mainstream»; hacemos porque además de Lorena C estaba el hermano de Juan Antonio Bayona). Su canción, «Piensa gay». D-Vine eran raritos, puro Eurovisión de los últimos años. La puesta en escena por encima de todo. Y llegó Rodolfo Chikilicuatre. Después, Marzok Mangui, de Melilla. Rap, hip-hop y esencias étnicas del norte de África. Nada que ver con el siguiente, que era La casa azul, sin duda el más aplaudido de la noche. Guille Milkyway fue otro de los que se puso a los pies de la presentadora (luego le gritarían «Raffaella a Eurovisión»). Acabaría Coral, una especie de Mónica Naranjo menos gritona. Y ganó Rodolfo Chikilicuatre con su «chiki chiki». En Eurovisión, como en el amor, todo es empezar. A reírse.


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